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Publicado por
josé maría cillero
León

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El domingo se despidió en La Sexta la primera temporada de Pesadilla en la cocina, adaptación de un formato de telerrealidad que triunfa en todo el mundo y que en España está protagonizado por el chef Alberto Chicote, aupado en apenas tres meses a gran descubrimiento de la televisión de la temporada. La buena acogida de Pesadilla... se puede explicar desde muchos factores, entre los que no hay que olvidar el gran rendimiento que tienen los programas de cocina, que han convertido a sus protagonistas en auténticos totems de la comunicación y que justifican la creación de canales temáticos que emiten entre fogones las 24 horas del día. Pero el mérito de la aceptación del programa que se desarrolla en locales de hostelería en apuros hay que reconocérselo casi por entero a Chicote, una suerte de doctor House con chaquetilla diseñada por Agatha Ruiz de la Prada capaz de cantarle las verdades del barquero a quien se le ponga por delante y que más que secretos de cocina, lo que reparte en cada entrega son lecciones de ética profesional, de amor por el trabajo, de compromiso por el valor de las cosas bien hechas, que lo mismo sirven para un restaurante de comida hindú que para una zapatería infantil, un taller de mecánica, un partido, un sindicato, una multinacional o un ministerio.

Chicote se apoya en el mostrador al que llegan las comandas y desde allí, sin casarse con nadie, observa, detecta y denuncia los problemas que llevan a un negocio próspero a dejar de serlo. Y éstos, los problemas, son universales y no solo entre quienes trabajan con cazuelas y escandallos. Jefes incapaces de liderar y que esconden su desidia acusando a sus empleados de perezosos. Empleados que aluden a la falta de dirección pero que se revuelven contra quienes pretenden marcarles el camino que reclaman. Equipos que dejaron de serlo y cuyos miembros se afanan en denigrar el trabajo de los otros sin encajar ni una crítica hacia el suyo. Y todos alejando de sí cualquier responsabilidad sobre el fracaso bajo el paraguas eterno de la pertinaz crisis.

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