Diario de León

Mateo Díez: «Desde mi juventud me han fascinado los pirados»

El escritor leonés confiesa en Santillana que en su familia «había seres humanos perdidos»

Luis Mateo, Ángeles Mastretta y Antonio Muñoz Molina.

Luis Mateo, Ángeles Mastretta y Antonio Muñoz Molina.

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Al escritor leonés Luis Mateo Díez le han fascinado desde su juventud los pirados y los seres extraviados, como algunos de los personajes que protagonizan sus novelas y cuentos, dotados de «una aureola literaria» muy especial y de mundos interiores «muy intensos y profundos». «En mi familia había seres humanos perdidos; dos tíos carnales míos eran auténticos extraviados, y mi ciudad estaba llena de pirados», dijo ayer Mateo Díez (Villablino, León, 1942) en la mesa redonda que tuvo lugar tras la lección magistral que el escritor leonés dio en la primera jornada del ciclo Lecciones y maestros . En un debate moderado por el crítico literario Fernando Valls y en el que intervinieron, entre otros, José María Pozuelo Yvancos y Santos Sanz Villanueva, Mateo Díez reconoció que en sus personajes «hay un poco de locura quijotesca». Se lo han hecho ver algunos críticos y le gusta que se lo digan.

«Yo tengo a veces ciertas sensaciones un poco visionarias, y en ocasiones escribo como si alguien me dictara. Eso me pasa incluso en algunas de mis obras más complicadas», decía el escritor con gran sentido del humor. Y si de los «pirados» de su familia y de León se han alimentado sus novelas, también lo han hecho de todo cuanto vio en la plaza Mayor de Madrid, durante sus cuarenta años de funcionario del Ayuntamiento de la capital.

El balcón de su despacho daba a la plaza, que se convirtió «en un gran periscopio». En ella vio «de todo», según relata en el libro Balcón de piedra. Visiones de la Plaza Mayor , recordaba ayer.

1397124194 Un tío disfrazado de Papa. Un día vio cómo «mataron a dos personas a tiros», y otro vio al papa Juan Pablo II, paseando tranquilamente por la plaza. «Era un tío disfrazado de Papa», al que Mateo Díez le pidió «la bendición apostólica».

Un loro que «insultaba sólo a los revolucionarios y nos decía -˜cabrón, cabrón-™» era otra de las peculiaridades de la plaza, pero quizá ninguna experiencia fuera tan asombrosa como, «en un día de niebla absoluta», ver entrar en la plaza «a diez o doce elefantes, que, de repente, alzan las patas y se ponen los diez a defecar», contaba Mateo Díez entre las risas de los numerosos profesores, escritores y críticos literarios que asisten a estas jornadas.

Como señalaba el escritor en tono ya más serio, en sus personajes «el elemento de la fragilidad es crucial. Tienen una conciencia de límite, son perdedores, héroes del fracaso», como él los llama. «Parece que pertenecen a un tiempo de desaparición». Mateo Díez escribe «mucho», con más seguridad que cuando era joven pero «siempre con zozobra». Y esos cuadernos en los que, con letra pequeña, anota las ideas que se le ocurren, le sirven luego «de orientación».

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