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LA OPINIÓN DEL LECTOR

Concejales de Urbanismo

Publicado por
C. Chamorro. León
León

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Prácticamente todas las profesiones pasan por tremendas vicisitudes motivadas por los cambios socioeconómicos de cada época. Ejemplos no faltan. Estudiar medicina hace unos años era sinónimo de irse al paro durante una buena temporada y aceptar destinos laborales que proporcionaban una dudosa satisfacción. Hoy importamos casi tantos médicos como ordenadores, hasta el punto de que cuando, a algunos, la señora María, embargada por el pudor y el recato, les explica que le duelen los bajos, el importado cree entender que le molestan los niños de algún vecino o que siente disgusto ante las personas de escasa altura. En una vieja facultad universitaria, después de una impresionante plétora de sus licenciados, se cuenta que llegaron a matricular a los bedeles para que el ministerio no la cerrara por falta de alumnos.

Hoy en día la profesión en peligro de extinción es la de concejal de Urbanismo. Ha sido ejercida por auténticos profesionales dichosos de su destino que hacían bueno el deseo de Colón: «Encuentra la felicidad en tu trabajo o no serás feliz». Expertos no pocos de ellos en recalificaciones, comisiones, tráficos de influencias varias e incrementos patrimoniales sí justificados, la situación por la que atraviesan muchos es lamentable y a buen seguro que les acarrea una elevada insatisfacción personal a la que hay que poner remedio. No obstante, no parece que los ayuntamientos que tan bien nos ayudan con su sacrificio y esfuerzo a hacer mejor nuestras ciudades, olvidándose de alimentarse a sí mismos, estén por la labor de suprimir en los próximos años una concejalía que se ha quedado tan vacía de contenidos. Pero convendrá usted conmigo que un ERE municipal que suprima tal despilfarro «concejeril» está más que justificado. Habida cuenta de la ausencia casi total de nuevas recalificaciones y construcciones y de que hay más de 8.100 municipios en nuestro país, todos ellos de sobra justificados (no vaya usted a pensar mal), se podría madurar un cambio de destino de tan desafortunados empleados públicos, amortizando así el dinero que nos cuestan y procurándoles una satisfacción y realización personal por el trabajo realizado. Desde sustituir por turnos el laborioso trabajo de las tuneladoras hasta esparcir sal ante la pertinaz nevada, las soluciones son muy numerosas y la imaginación de cada uno (que no sea la del propio interesado) puede obrar milagros.