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Publicado por
RAFAEL TORRES
León

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EL MUNDO es cada vez más homogéneo, pero ya no sólo a causa de la colonización cultural anglosajona, estadounidense para ser más precisos, sino del calor. Si el clima fue hasta ahora el principal preservatorio de la identidad de los pueblos, pragmáticos e hiperactivos los sometidos a bajas temperaturas, indolentes y soñadores los que conviven con las altas, hay que ir rezando un responso por ese milenario garante de la bendita diversidad psicológica de los seres humanos repartidos por los diferentes confines de nuestro planeta: la Organización Meteorológica Mundial, dependiente de la ONU, ha alertado sobre la imparable elevación general de las temperaturas, elevación que este año ha convertido a la fría Ginebra, por ejemplo, en una especie de Nápoles o de Murcia. A orillas de su lago, donde todo frescor tenía su asiento, no han bajado las temperaturas diurnas de los 25 grados en los últimos dos meses, de modo que de seguir así las cosas, y todo indica que la progresiva elevación térmica es imparable, los ginebrinos corren un grave riesgo de dejar de ser ginebrinos en dos patadas. Yo no es que haya tenido nunca un especial fervor por los ginebrinos, pero me gustaba que hubiera ginebrinos en el mundo, y lapones, y londinenses, y suecos, y estonios, y esquimales, o sea, gente bien abrigada que no se echaba la siesta. Sin ellos, el mundo que conocí y que amé pierde no sólo su exotismo y su encanto, sino su razón de ser. De cinco a siete grados de media se han incrementado las temperaturas en todos los lugares del mundo en los últimos años, y no quiero imaginarme un mundo donde los islandeses saquen sus sillas al caer la tarde para tomar la fresca o los canadienses se pasen todo el santo día deshidratados, dándole tientos a la botella de agua de la nevera.

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