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Publicado por
FEDERICO ABASCAL
León

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NO ERA ayer un día en el que Zapatero quisiera echarle a Rajoy un pulso ni estrechar relaciones con los nacionalismos ni atraerse la simpatía de la izquierda. De izquierda no había más de media docena de escaños en el Congreso, y en los ocupados por los nacionalistas históricos se sentía disminuir la autoestima al verse olvidados en el discurso de quien recibirá la investidura presidencial hoy mismo o el próximo jueves. Y a Rajoy se lo puso difícil la mano que le tendió Zapatero, dirigiéndose directa y personalmente a él, para que se sumara a un pacto universal contra el terrorismo. (ZP se había guardado, a favor de Rajoy, la carta de anular la resolución parlamentaria que permite en determinadas circunstancias dialogar con ETA. Esa carta iba a entregársela por la tarde al líder de la oposición, o en otro momento más favorable, de menor agresividad del PP). Lo mejor del discurso de investidura, empedrado todo él de buenas intenciones, fue posiblemente la idea de España que expuso Zapatero, y no sólo por medio de frases afirmativas como la de que «España es un país próspero y decente» sino por el equilibrio territorial que reflejó en todo momento el candidato a la investidura. Zapatero replegó en gran medida sus devociones periféricas para devolver al dibujo del Estado la importancia que la «centralidad» parecía ir perdiendo, desde la perspectiva conservadora especialmente. Rajoy se fue a Génova 13 para perfilar su respuesta, sobre la que se especuló mucho durante el receso. Se pensaba que el líder popular estaba obligado a levantar la cabeza tras el desafío que el día anterior le había lanzado Esperanza Aguirre y que a cualquier interino le desanimaría, pero se ignoraba si iba a aceptar la mano que Zapatero le tendía o si se arriesgaba a no enmendar la trayectoria del PP en la anterior legislatura. De entrada, Rajoy adelantó que su voto será negativo. «Nos opondremos a la investidura del candidato», precisó en un retrato de la desconfianza que Zapatero le inspira. las urnas, y que él la ha conseguido. Bien es verdad que la situación económica le permitía a Rajoy un despliegue muy sensato de alarmas, y de críticas a la actitud del Gobierno. Y lo mejor de la réplica pudo ser lo que de positivo tendría el paquete de medidas económicas que el líder de la oposición anunciaba. Pero sobre el antiterrorismo, sobre la mano tendida por Zapatero en la lucha contra ETA, subrayó Rajoy con meridiana claridad que el PP va a seguir la misma línea de siempre, es decir, que o Pacto contra el Terrorismo y las Libertades, con garantías suplementarias de que no se va a negociar en ningún momento con la banda criminal, o nada. Ya lo había anticipado en los pasillos un dirigente popular tras el discurso de Zapatero, al ser preguntado si Rajoy aceptaría el pacto de todas las fuerzas políticas parlamentarias que el candidato socialista la proponía. «Pero de qué pacto se trata. ¿de compartirlo con ERC?», respondió el diputado. Ahora bien, sobre el resto de pactos de Estado ofrecidos por ZP repuso Rajoy que estaba muy dispuesto a dialogar, para pactar obviamente, pues ese fue un tema de su campaña electoral. Pero «esos pactos deben ser entre ustedes y nosotros, y si luego se suman otros, mejor».

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