Diario de León
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León

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DESDE hace meses estamos envueltos en la crisis económica. Se ha convertido en el imaginario colectivo en el único problema que atenaza al mundo. Y realmente es un problema de dimensiones colosales que afecta a millones de hombres y mujeres que o bien se encuentran al borde la ruina o bien ha perdido la esperanza en que su futuro inmediato recobre el vigor perdido.

Y así, atenazados por una situación en la que se manejan cifras desorbitadas de dinero y que los líderes mundiales no acaban

de encontrar la fórmula que den solución, el horror de Bombay nos ha obligado a desviar la atención y poner el ojo en otro problema del que ya hemos tenido pruebas crueles, irreparables pero que en los últimos tiempos había pasado a segundo término. Ocurre que mientras vivimos angustiados porque nuestro bienestar está seriamente amenazado, otros, los terroristas, aje

nos al G-20 dedican su tiempo y sus energías a hacer el mayor daño posible.

A la hora de escribir estas líneas Bombay, capital financiera de la India, intenta recuperarse de lo que ha sido algo más que un simple atentado. Ha parecido una guerrilla en toda regla en la que se han visto envueltos la Presidenta de la Comunidad de Madrid y una veintena más de españoles. Afortunadamente todos están a salvo pero en todos ellos quedará para siempre en su memoria el horror del que han salido indemnes. Y es que el terrorismo islamista está ahí. Agazapado y dispuestos a morir matando. Da igual el nombre que se den a sí mismos los terroristas. Lo importante es que están ahí, despreciando nuestros valores, nuestra manera de entender la

vida y nuestra manera de organizar la convivencia. No cabe con ellos alianza alguna ni hay cúpula en el mundo capaz de hacerles reflexionar. Al con

trario. Lo que para nosotros es grandeza, ellos lo interpretan como debilidad.

Es verdad que, en India, islamistas e hindúes siempre han andado a la greña, pero es el fundamentalismo lo que impide cualquier acuerdo y es este fundamentalismo el que poco a poco va ganando terreno en la medida que es capaz de actuar en cualquier lugar del mundo. La solución no es fácil y aún en el supuesto de que la hubiera los resultados nunca se verían a corto plazo. Pero para que haya solución antes tiene que existir un diagnóstico común y realista. Todo lo que sea alegar situaciones de supuesta marginalidad, de supuesta injusticia o de incomprensión es debilitar la posición de quienes, con independencia del país en el que vivamos, somos objetivos de este fanatismo capaz de asesinar en nombre de Alá. No cabe el sopor sino la alerta.

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