Diario de León
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ENTRE algunas de sus peores espinas, la sociedad leonesa siempre ha tenido clavada la penuria de sus comunicaciones, sobre todo comparativamente hablando con otras provincias y más teniendo en cuenta su posición logística y privilegiada en el noroeste del país. Algo que ver con ello puede tener el robo de cincuenta toneladas de traviesas perpetrado por un caco leonés (ya que tardan tanto en ponerlas aquí, pues las robo, habrá pensado) y desde luego mucho el «paseíllo» que nuestras autoridades -”pardiez, estaban todos, de derechas e izquierdas, leonesistas y regionalistas-” dedicaron hace poco a los primeros pasajeros del ya célebre vuelo León-París, al que no se añadió lo de Texas, tal vez por falta de espíritu cinéfilo. Un conocido mío me comentó que, viéndoles delante, a pie de escalera, le dio un mal presagio, y a punto estuvo de girarse sobre sus pies, él, que simplemente se dirigía a la ciudad de la luz a visitar la tumba de Jim Morrison. Lo de que los políticos inauguren cosas públicas siempre me ha llamado la atención, entre otras razones porque da la impresión de que las pagan de su propio bolsillo, olvidando que el protagonismo debería recaer exclusivamente en la sociedad civil.

Pantomimas al margen, bienvenido sea el vuelo y a ver si, tal como se ha asegurado, tenemos el dichoso AVE a Madrid en los plazos -”ya de por sí largos-” prometidos, y no nos salen con la milonga de que la crisis se llevó las previsiones y el gozo por delante. León lo requiere por motivos económicos obvios, pero también para quitarse de encima esa caspa provinciana que, curiosamente, en lugar de avergonzarnos, nos hace creernos el ombligo del mundo, especialmente a los de la ciudad, tan dados a soltar sentencias en ciertos cenáculos y en ciertos paseos capitalinos.

Volviendo a París, lo mejor sería traernos de allí algo de su joie de vivre, que con la que nos anuncian para 2009 bien que nos hará falta, sobre todo para distinguir, entre tanto pesimista, a los cabrones que dejaron el mundo hecho un asco.

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